Inteligencia emocional, las emociones

Las emociones resultan de la actividad del sistema nervioso. Es un estado afectivo, una reacción subjetiva al ambiente, determinada por una serie de cambios fisiológicos y endocrinos de origen innato, influidos por la experiencia

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Las emociones cumplen la función adaptativa del individuo al ambiente y son necesarias para la supervivencia, por ejemplo, la agresividad permite al sujeto enfrentarse a un enemigo, el miedo haría que el individuo huyera de la situación,…

La emoción tiene dos componentes:

-. Sensación subjetiva que sentimos en nuestro interior.

-. Manifestación externa de la emoción.

En ocasiones es posible separar estos dos componentes, así es como los actores pueden llegar a simular todas las manifestaciones externas de las emociones sin llegar a sentirlas realmente.

Podemos decir que la emoción supone un estado que llega bruscamente, en forma de “crisis” más o menos pasajera y violenta.

Los seres humanos experimentamos las emociones involucrando un conjunto de actitudes, pensamientos y creencias acerca del mundo que nos rodea. Estos tres aspectos son utilizados para valorar una situación concreta, influyendo en la forma en la que la situación es percibida.

Durante mucho tiempo, en el estudio del comportamiento humano, las emociones  no eran consideradas como algo importante y siempre se le dio mucha más relevancia a la parte racional del individuo. Afortunadamente, esta corriente ha ido cambiando. Las emociones son estados afectivos y por ello indican estados internos personales, deseos, objetivos, motivaciones, que nos pueden ayudar a intuir la conducta del individuo.

Existen seis categorías básicas de emociones y, teniendo en cuenta su papel adaptativo, cumplen diferentes funciones: tristeza (nos lleva hacia la reintegración personal), sorpresa (nos orienta en una situación novedosa), miedo (nos protege), aversión (nos provoca rechazo), ira (nos induce hacia la destrucción) y alegría (nos motiva hacia la reproducción de lo que nos hace sentir bien).

Es impresionante como con apenas unos días de vida ya tenemos emociones básicas como el miedo, el enfado o la alegría.

Así mismo, compartimos con muchos animales esas emociones tan sencillas, pero, en el caso del ser humano, estas se van haciendo más complejas gracias al lenguaje.

Además, cada individuo experimenta una misma emoción de forma particular, dependiendo de las experiencias y aprendizajes pasados.

El ser humano es el animal social por excelencia. En la cara tenemos 42 músculos diferentes y dependiendo de cómo los movamos, somos capaces de expresar una emoción u otra. Expresar lo que sentimos por medio de esta vía de comunicación, nos facilita mucho el trabajo en infinidad de ocasiones, ya que muchas veces es más complicado decir con palabras lo que estamos sintiendo.

Aunque hay expresiones faciales que son internacionales y dentro de determinadas culturas hay un leguaje parecido, existen variaciones dependiendo del sexo, el país de origen,… Por ejemplo, por norma, las mujeres son mucho más sensibles que los hombres y son capaces de reconocer emociones y expresiones faciales con mayor facilidad.

Además, la expresión facial afecta a la persona que tenemos delante. Es muy probable que si nos reímos y expresamos alegría, contagiemos esta emoción a nuestro interlocutor.

Resaltando la idea citada en párrafos anteriores, diremos que las emociones tienen un componente conductual, que en cierta medida es controlable y están basados en matices como el aprendizaje familiar, cultural,…

Es la forma en la que la emoción se muestra externamente: expresiones faciales, distancia entre los interlocutores, comunicación no verbal,…

Además las emociones tienen un componente fisiológico, involuntario e igual para todo ser humano: sudoración, sonrojarse la cara, dilatación pupilar, aumento del ritmo cardíaco,…

Estos últimos componentes son los que están en la base del polígrafo o “detector de mentiras”.

La Inteligencia Emocional es ese conjunto de habilidades que nos ayudan a expresar y controlar los sentimientos de la forma más acorde al entorno personal y social. Supone una habilidad para gestionar las emociones, la motivación, la empatía, la agilidad mental,… Se trata de saber lo que sentimos, de entender las emociones ajenas y de poder tener una visión positiva acerca de mi mismo y de los demás. Hablamos de interactuar con el mundo que nos rodea de forma receptiva y adecuada.

Las personas que poseen un nivel adecuado de Inteligencia Emocional suelen ser personas más positivas, saben dar y recibir, poseen un grado suficiente de autoestima, reconocen sus emociones y son capaces de expresar tanto lo negativo, como lo positivo. Además, entienden las emociones y los sentimientos de los demás, siendo capaces de desarrollar un nivel óptimo de empatía. Se motivan superando con ilusión e interés las dificultades que la vida les plantea, sacando de todo ello un aprendizaje positivo. Son más resistentes a la presión, más autónomos y responsables. Han encontrado ese equilibrio entre la exigencia y la tolerancia, llegando a estar mejor adaptados al medio en el que viven.

Cada ser humano es único y especial, pero en muchas ocasiones la forma en la que nos enfrentamos a los retos y situaciones que nos plantea la vida es aprendida. En muchas culturas se supone que la mujer tiene menos valor que el hombre y estos tienen que ser seres valientes, no pueden llorar y expresar emociones como lo hacen ellas,… Todas estas connotaciones las vamos adquiriendo sin darnos cuenta, así llegamos a comportarnos como nos han enseñado que debemos hacerlo…

No dejes de aprender y de mejorar tus actitudes día a día. Quiérete, respétate, se más generoso y permisivo contigo mismo. Por ende, ama, considera y se más espléndido con los demás. Preocúpate por intentar comprenderte a ti mismo y trata de entender a los demás. No te pongas límites pensando que todo es heredado. Tú tienes mucho que hacer, así que aprende a ser más inteligente emocionalmente, no limites tu intelecto, tu éxito, se más feliz.

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